Feminismos

Incómodas

Lucía Melgar Palacios / CIMAC

Toman la calle, protestan, gritan, hacen pintas. Tejen redes, escriben manifiestos y demandas, hacen paros y marchas, se organizan. Denuncian arbitrariedades e injusticias, persisten contra el acoso, la brecha salarial, la doble y triple jornada. Algunas llegan a la cima, otras van ocupando puestos intermedios, muchas pueblan la base, todas se mueven. Caminan por las calles con la cara en alto, vestidas como se les antoja, alertas, vestidas para no llamar la atención, alertas. Aceleran el paso cuando cae la noche, hartas del riesgo de ser mujer, de ser niña que transita por avenidas y veredas. Ante la desaparición, la muerte violenta, la violación de una amiga, de la vecina, de una desconocida, de Jessica, Nayeli, Alondra y siete mujeres más cada día, exigen justicia.

Hartas del acoso en las universidades, indignadas ante el abuso institucional que envía a una estudiante a un penal de alta seguridad y deja intocados a los porros, claman #LibertadParaElis. Cansadas de peregrinar ante funcionarias indiferentes o incapaces, se encadenan a una reja, se atan a una silla, toman esos espacios inútiles para las víctimas, claman “¡verdad!” y “¡justicia!”. Sedientas de verdad, desoyen promesas falsas, se organizan en busca de sus desaparecidos, intercambian saberes, enseñan lo aprendido ante fosas y tribunales. Desenmascaran las falacias de gobernantes de todos los colores, desmontan con frases sencillas discursos plagados de hojarasca. “¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!”. “¡NiUnaMenos!”. “¡Estado feminicida!”.

Sin líder, carnet de militancia ni permiso de ningún supremo; sin previa autorización de ninguna “voz autorizada”, ajenas a las pugnas partidistas, inaprehensibles en su diversidad para las mentalidades binarias, irreductibles a una, dos o cien etiquetas, pero unidas contra la desigualdad, la violencia y la injusticia, son las “intrusas”, las “incómodas”, las “disidentes”, las feministas.

Incómodas para un gobierno que quisiera verlas guardadas en casa, felices de cargar con doble y triple jornada, dispuestas a la abnegación por amor a ¿la patria? ¿la familia? ¿el patriarcado?

Incómodas para una sociedad machista que no asume su co-responsabilidad ante la violencia misógina institucional, criminal, social y familiar y sólo protesta, si acaso, ante las dos primeras, cuando le afecta.

Incómodas para las autodenominadas representantes del feminismo en las altas esferas, cuyo silencio se vuelve cómplice, cuyo discurso queda vacío a falta de diálogo con las “otras”, las que están y seguirán “afuera”.
Se nombren o no feministas, las mujeres en movimiento, las que no se quedan “calladitas” y toman la calle, alzan la voz, y así logran, a veces, algo de justicia, son una piedra en las pantuflas de la impunidad y la negligencia. Las que conocen y ejercen sus derechos, defienden la interrupción del embarazo y exigen la despenalización del aborto como acto de justicia social; las que reivindican la libertad sexual, la libertad de movimiento y pensamiento, van ensanchando las fisuras en la muralla del feudo patriarcal. Las que dan cuerpo y voz al deseo femenino, las que no piden perdón ni permiso, las que unidas en la causa de la justicia para mujeres y niñas cuestionan el “reino feliz”, son las “ingobernables”, las “usurpadoras” y las indispensables.

Son las “serpientes marinas” multiplicadas en este siglo para descontento de algunos, molestia de otras y esperanza de quienes aspiran a una vida libre, con igualdad y sin violencia.

Descalificar la causa de las mujeres, pretender normar los activismos feministas, desacreditar un movimiento conformado por personas, colectivas y redes diversas, cuya pluralidad de voces, experiencias y prácticas supone inclusión y no fragmentación, es ignorar la potencialidad de la acción colectiva, el poder de un sujeto político que ha hecho frente a la necropolítica misógina y hoy actúa por una vida digna para todas, por una sociedad justa y por la sobrevivencia del planeta.

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