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Trump, el neo-fascismo y la libertad de expresión

El reciente baneo permanente de Donald Trump de Twitter, así como temporal en otras plataformas como Facebook e Instagram, han desatado un intenso debate acerca de la libertad de expresión. Buena parte del consenso parece girar en torno al supuesto peligro que representa el hecho de que grandes compañías tecnológicas decidan qué, cómo y cuándo “censurar” a un personaje de la vida política. Argumentaré aquí que estos temores están infundados y que se pasa por alto el contenido del discurso de este personaje en el contexto del auge de la ultra-derecha en el mundo.

El neo-fascismo y los medios digitales

Un punto fundamental que muchos opinadores parecen dejar de lado es el contenido mismo del discurso de Trump. Racismo, xenofobia, machismo, supremacía blanca: son algunos de los ejes rectores de la comunicación de Trump, aunque no de una manera abierta y ofensiva sino más bien codificada.

Esto es parte de la retórica neo-fascista, que tiene su origen en ideólogos como David Lane y Renaud Camus y que es difundida por trolls de internet como Ben Shapiro o Richard Spencer. Estas nuevas modalidades del fascismo rechazan movimientos progresistas (como el feminismo o la lucha anti-racista) y las consideran parte de un intento de erradicar o borrar a la “raza blanca” para sujetarla a la sumisión, la sustitución étnica o en sus versiones más delirantes al exterminio.

Y como el delirio es muy fuerte también lo es la respuesta. Basta darse una vuelta por videos o sitios web que promueven este tipo de ideas para entender la radicalización de esta nueva derecha que no es menos violenta ni sus actos ni en su discurso: base política de la que surgió Trump y a la que ha alimentado todos los días desde antes de tomar la presidencia de Estados Unidos con todo tipo de mentiras, “teorías” de conspiración y patrañas que culminaron con el asalto al capitolio y el baneo de Trump de diferentes redes sociales por “temor a más incitaciones a la violencia”.

Las grandes compañías y su rol en la libertad de expresión

Ahora bien, por supuesto que existen amenazas a la libertad de expresión asociadas al auge de los grandes medios digitales como Facebook, Youtube o Google, pero lo cierto es que estos problemas anteceden a estas plataformas tecnológicas y podríamos resumirlos en:

  • Censura
  • Predominancia de una sola visión política o ideológica
  • Conglomeración y concentración de medios
  • Asociación entre el poder mediático y político
  • Disminución de la calidad del contenido

Entre muchas otras problemáticas que han existido siempre desde que existen los medios masivos de comunicación y los sistemas políticos contemporáneos. Me parece que el problema no radica tanto en la tecnología utilizada para la comunicación sino en las dinámicas que tenemos como sociedad para consumir (o utilizar) medios y la relación que éstos pueden llegar a establecer con el poder político y económico.

Antes fue Azcárraga, hoy es Zuckerberg y mañana será otro personaje dueño de alguna nueva plataforma de medios. El control sobre estos espacios por corporaciones o el Estado siempre ha existido y es difícil pensar que dejará de existir. Las plataformas digitales como Facebook o Twitter no fueron diseñadas para ser un espacio de deliberación política pero los hemos convertido en eso…

Si deben ser reguladas o no es otra cuestión pero baste por ahora concluir lo siguiente:

Ninguna libertad es absoluta, especialmente en el momento en esa libertad pasa por encima de alguien más. Las ideas y el discurso fascista no deberían tener cabida en una sociedad que aspira a ser más justa e igualitaria. Pretender que todos los discursos deben tener espacio en la esfera pública es una idea ingenua que ignora el peligro latente del fascismo que acecha en todos los países; quienes hoy se alarman por la “censura” a Trump callan cotidianamente frente a la verdadera censura que sufren periodistas, activistas y grupos sociales que luchan por sus derechos día a día y que no tienen una cuenta de Twitter con millones de fans.

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Tótua Nia

Eterna defensora de causas perdidas

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