Babel

Utopías, ciudades y derecho a la ciudad

Al doctor Manuel Martínez Morales, in memoriam

En Historia de las utopías, una obra de juventud, Lewis Mumford pasó revista a las utopías desde los griegos clásicos hasta el inicio del siglo XX. Encontró dos grandes características que atraviesan a todas esas propuestas de reforma de la sociedad. Una de ellas es que las utopías reconocen la complejidad de la sociedad y el mundo humano. Reformar la sociedad implica hacerse cargo de muchas cosas: economía, relaciones sociales, política, moral, ideas e incluso formas de construir viviendas y poblados o ciudades. La otra gran característica es que las utopías tienden a la rigidez y lo disciplinario de los regímenes autoritarios.

Los utopistas modernos, a quienes Engels etiquetó como “socialistas utópicos”, influyeron en muchos reformadores sociales más o menos revolucionarios (incluidos Marx y Engels, en el núcleo utópico no explicitado de su ideal socialista) y en algunos arquitectos que tienen una apariencia exterior reformista, pero un contenido funcional al capitalismo.

Ebenezer Howard propuso la “Ciudad Jardín” y Le Corbusier no solo propuso una nueva París (“Ciudad Radiante”) que se quedó en mero proyecto, sino que proyectó la ciudad de Chandigarh.

Defendiendo las ciudades de los Estados Unidos (especialmente sus barrios populares, que los modernizadores pretendían demoler para construir en su lugar hábitats diseñados y proyectados por arquitectos y planificadores urbanos), Jane Jacobs criticó a estos diseñadores profesionales que heredaron las pretensiones de Howard y Le Corbusier.

Una cosa que tenían en común estos planificadores y proyectistas urbano-arquitectónicos era su odio por la ciudad. Aborrecían la ciudad realmente existente y la querían cambiar por una ordenada (por ellos, desde luego) con zonas monofuncionales. Y querían eso porque no comprendían la complejidad aparentemente caótica de las ciudades realmente existentes.

Jane Jacobs, en su clásico Vida y muerte de las grandes ciudades en los Estados Unidos, explicó que las ciudades son una complejidad organizada. En cambio los instrumentos cognitivos y metodológicos de los arquitectos y planificadores, influidos por el Movimiento Moderno, conciben y proyectan el hábitat desde una lógica simple o, a lo sumo, desde una complejidad estadística, basada en datos y promedios universales que hacen tabla rasa de la diversidad histórico-cultural y del habitar.

El resultado de esas formas de proyectar y producir ciudad son espacios limpios, amplios, higiénicos, lindos como una maqueta escala uno a uno, pero sin vida urbana, por ello Jacobs los llamó “taxidermia”, porque logran expresar la vida tanto como un taxidermista lo logra con el cadáver de un animal.

La arquitectura moderna, en sus diferentes variantes, se fue volviendo más esteticista conforme se fue especializando en expresar los ideales y utopías del poder económico y político. El fetichismo de la mercancía que Marx analizó se encuentra en el centro de la ideología arquitectónica como fetichismo de los objetos arquitectónicos e incluso, de un modo más amplio, en el fetichismo de los objetos diseñados en general.

Como acertó en diagnosticar Guy Debord, el fetichismo de la mercancía se ha desarrollado como sociedad del espectáculo, y, por esa vía, la arquitectura devino espectacular, ostentosa, derrochadora de recursos, en las sociedades que se lo pudieron permitir, para quemar incienso en los altares de los arquitectos del Starsystem.

Hasta que llegó la crisis de 2008 y con ella la austeridad forzada por los intereses del neoliberalismo: “haz más con menos”. Lema impuesto como moral austera que se tradujo en el revival de la arquitectura minimalista que preconizó: “menos es más”. Lo sospechoso, como observa Pier Vittorio Aureli, en su librito Menos es suficiente, es que los críticos de la arquitectura que en las grandes revistas aplaudieron la arquitectura espectacular y a sus creadores canónicos, de un día para otro se convirtieron a la “estética minimalista” falsamente austera.

La respuesta de la arquitectura a la crisis económica fue de imagen. El minimalismo como aliado de la imposición de austeridad desde el capitalismo. Contra ella, Pier Vittorio Aureli vindica una austeridad decidida de manera autónoma, por ello opone al lema minimalista: “menos es más” un lema autoasumido: “menos es suficiente”.

Desde luego, esa austeridad elegida no puede ser la impuesta austeridad de “hacer más con menos” ni la vivienda mínima propuesta por los arquitectos del sistema que retoman la pobreza de los claustros de los monjes del cristianismo primitivo. Además, agregamos, con un doble rasero: austeridad impuesta por la pobreza que el capitalismo produce para las mayorías y apariencia de austeridad en el minimalismo de lujo de un Steve Jobs.

La enajenación de la ciudad respecto a sus productores, los trabajadores, las trabajadoras, ocurre como privatización, la exclusión, el aburguesamiento y museificación de centros originarios, la financiarización de la vivienda, la especulación con el suelo urbano, el desplazamiento de los más pobres a lugares cada vez más precarios y periféricos, la producción de ciudades mercancía “de clase mundial” y sobre todo: taxidermia, del tamaño de ciudades enteras como Brasilia o al menos de colonias como Santa Fe en la Ciudad de México. Irónicamente, donde tuvo un proyecto utópico Vasco de Quiroga y donde hay actualmente un enclave de vivienda producida socialmente, Palo Alto, un poblamiento hecho por trabajadores en el terreno que dejó la extracción minera, poblamiento que subsiste resistiendo a la agresión y la pretensión gentrificadora de los grandes capitales.

Henry Lefebvre, en El derecho a la ciudad, publicado en el año emblemático de 1968 (un año después del libro de Guy Debord, La sociedad del espectáculo), escribió contra el hábitat excluyente y le opuso el habitar de la ciudad precapitalista (y posiblemente postcapitalista) que reconoce la ciudad como obra colectiva a la que todos tenemos derecho. El derecho a la ciudad no son meras reglas de urbanidad: es el derecho de todos y de todas a decidir el futuro de nuestra sociedad. Incluida la morfología, no monopolizada por la estética de vanguardia arquitectónica alguna.

La ciudad ya no sería la utopía de una elite de iluminados cuyos gustos y diseños coinciden casualmente con las necesidades y las ganancias de los grandes productores capitalistas, sino el derecho a la participación de todas y de todos para decidir cómo serán la vivienda, el barrio y la ciudad.

Probablemente este derecho a la ciudad, con su producción social de la vivienda, el hábitat y la urbe, con su diseño y arquitectura participativos, sería una utopía que como, observó Lewis Mumford, permanezca atenta a la complejidad del habitar humano, pero también democrática y participativa, opuesta a todo autoritarismo tecnocrático, neoliberal, capitalista, neopopulista o cualquier otro.

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Javier Hernández Alpízar

Periodista, solidario con las causas justas

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