Crónicas Pachecas

La historia que no fue

«Saber dónde estás

Y como estás»

Sabú, Pequeña y frágil

Por varias razones y en diferentes ocasiones he estado en el área de urgencias de un hospital, en esa fecha en que morí y regresé a la vida tengo bien claro cómo es que llegué a estar tirado en esa carretera, con un brazo, una pierna, la nariz fracturada y empapado en sangre.

Mi trabajo me había llevado a ese lugar que me había permitido conocer a Ana Martha. Le recuerdo de cabello lacio y castaño a media espalda, delgada, tez blanca y facciones finas. Las ocasiones en que la vi le gustaba engalanar su cuerpo con vestidos floridos donde predominaba el azul, el amarillo y el blanco, así me gusta recordarla.

Momentos antes del impacto, yo conducía un auto – mi primer auto, color negro y automático – modelo Shadow. Era de noche y sin sospechar que el otro conductor venía ebrio vi las luces frente a mí a un par de metros. Tal vez fue uno o dos segundos pero no recuerdo el golpe, no sentí nada.

Las ocasiones en que nos vimos creí que había una sensación de gustarnos ambos, yo no sé si algún día podríamos llegar a enamorarnos, pero siempre era un gusto conducir casi tres horas para verle. Ese día me comentó que habría un baile casi de manera natural acordamos que iríamos. Era la primera cita que tendríamos.

Recuerdo con fidelidad este momento: era yo – o algo de mi – que «flotaba» a unos tres o cuatro metros y me vi a mí, tirado en el suelo y ensangrentado. El otro vehículo en condiciones peores y varias personas igualmente tendidas en la carretera y lamentándose. Sólo yo estaba inmóvil, en silencio. Ya había ambulancias en el lugar.

Ana Martha me dio su dirección y la hora aproximada que podía pasar por ella. Tuve la oportunidad de antes de abandonar el hotel de prepararme: una ducha y la loción para que me percibiera agradable. No tenia mayores planes que el de ir a bailar. Equivocadamente creí que para Ana Martha y a mí nos quedaba tiempo.

Fue como un suspiro. El verme ahí tirado, inerte, no sentía malestar, no sentía dolor, no estaba intranquilo, no había preocupación ¿Es así la muerte? Era de noche y el color rojo y azul de las torretas no me inquietaban.

Me encaminé a la casa de Ana Martha, la búsqueda fue por casi una media hora, pregunté sin dar con el domicilio, decidí que esa ocasión no sería y aunque ella sospechará que la dejé plantada me reivindicaría con ella la siguiente vez que la viese. Emprendí el caminó de regreso.

Mi siguiente recuerdo es que una amiga que trabajaba como agente de tránsito en el lugar del accidente me reconoció: «¿Rubén?» Dudaba de mi identidad por el estado en el que me encontraba.  «¿Edith? Por favor habla a mi oficina y diles que ya valió madre». Mientras los paramédicos me acomodaban en una camilla y me subían a la ambulancia.

Mi relación de amistad con Ana Martha se reanudó meses después, se quedó con la idea de que la dejé plantada. Me dijo: «Ay Rubén, sólo me hubieras dicho que no querías ir y nos hubiéramos ahorrado este desmadre».

A la distancia me pregunto si hubiese ido a ese baile la historia hubiese sido otra. Eso nadie lo sabe porque esa historia no fue.

¿Qué pasó con Ana Martha? Años después la encontré en el edificio del sindicato de maestros, iba con dos niños igualitos a ella, platicamos un momento y quedamos en llamarnos antes a modo de broma me dijo: «pero me llamas antes para confirmar porque pones cada pretexto para no ir a tus citas.»

Así la vida.

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Sup Tupa

Soy creyente de Dios y el Chamuco, fan de los ovnis, de la literatura mamila y los tacos de suadero. Mis opiniones suelen ser tan irrelevantes que nadie las reivindica. Las malas lenguas dicen que fui a la escuela pero lo niego rotundamente.

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