Filosofía

Emil Cioran: La negativa a procrear

“Todos están equivocados, todos vivimos una ilusión. A lo sumo, podemos distinguir una escala de ficciones, una jerarquía de irrealidades, dando preferencia a una más que a otra; pero elegir, no, eso definitivamente no”. – Emil Cioran


Texto del  filósofo y ensayista Emil Cioran, publicado por primera vez en su obra “Précis de décomposition” en el año 1949

Aquel que, habiendo gastado sus apetitos se acerca a una forma límite de desapego, no quiere ya perpetuarse; detesta sobrevivirse en otro, al cual por otra parte no tiene nada que transmitir; la especie le espanta; es un monstruo y los monstruos ya no engendran. El «amor» le cautiva aún: aberración entre sus pensamientos. Busca un pretexto para volver a la condición común; pero el hijo le parece inconcebible, como la familia, la herencia, las leyes de la naturaleza. Sin profesión ni progenie, cumple —última hipóstasis— su propio acabamiento. Pero por alejado que esté de la fecundidad, un monstruo diferentemente audaz le supera: el santo, ejemplar justamente fascinador y repelente, por relación al cual siempre se está a medio camino y en una posición falsa; la suya, por lo menos, es clara: ya no hay juego posible, no más diletantismo. Llegado a las cimas doradas de sus repugnancias, en las antípodas de la Creación, hace de su nada una aureola. La naturaleza nunca conoció tamaña calamidad: desde el punto de vista de la perpetuación, marca un fin absoluto, un desenlace radical. Entristecerse, como Léon Bloy, porque no somos santos es desear la desaparición de la humanidad… ¡ en nombre de la fe! ¡Cuán positivo parece, por el contrario, el diablo, ya que constriñéndose a fijarnos en nuestras imperfecciones, trabaja —pese a él y traicionando su esencia— en conservarnos! Desarraigad los pecados: la vida se marchita bruscamente. Las locuras de la procreación desaparecerán un día, por cansancio más bien que por santidad. El hombre se agotará, menos por haber tendido a la perfección que por haberse dilapidado; parecerá entonces un santo vacío y estará tan lejos de la fecundidad de la naturaleza como lo está ese modelo de acabamiento y esterilidad.


El hombre no engendra más que si permanece fiel al destino general. Si se aproxima a la esencia del demonio o del ángel, se hace estéril o procrea abortos. Para Raskolnikov, para Ivan Karamazóv o Stavroguin el amor no es más que un pretexto para acelerar su perdición; e incluso tal pretexto se desvanece para Kirilov: no se mide ya con los hombres, sino con Dios. En cuanto al Idiota o a Alioscha, el hecho de que uno mimetice a Jesús y el otro a los ángeles, los coloca de lleno entre los impotentes…


Pero arrancarse de la cadena de los seres y rehusar la idea de ascendencia o de posteridad no es, sin embargo, llegar a rivalizar con el santo, cuyo orgullo excede toda dimensión terrestre. En efecto, bajo la decisión por la que se renuncia a todo, bajo la inconmensurable hazaña de esta humildad, se oculta una efervescencia demoníaca: el punto inicial, el arranque de la santidad toma el cariz de un desafío lanzado al género humano: después, el santo asciende por la escala de la perfección, comienza a hablar de Dios, de amor, se vuelve hacia los humildes, intriga a las masas y nos fastidia. Pero no deja de habernos arrojado el guante…


El odio a la «especie» y su «genio» os emparenta con los asesinos; con los dementes, con las divinidades y con todos los grandes estériles. A partir de un cierto grado de soledad, sería preciso dejar de amar y de cometer la fascinante mancilla de la cópula.


Quien a todo precio quiere perpetuarse apenas se distingue del perro: todavía es naturaleza; no comprenderá jamás que se pueda sufrir el imperio de los instintos y rebelarse contra ellos, gozar de las ventajas de la especie y despreciarlas: un fin de raza, con apetitos… Ahí está el conflicto de quien adora y abomina a la mujer, supremamente indeciso entre la atracción y el asco que le inspira. Por eso —no logrando renegar totalmente de la especie— resuelve ese conflicto soñando, sobre los senos, con el desierto y mezclando un perfume claustral al vaho de sudores demasiado concretos. Las insinceridades de la carne le aproximan a los santos…


Soledad del odio.. Sensación de un dios entregado a la destrucción, pisoteando las esferas, babeando sobre el azur y sobre las constelaciones… , de un dios frenético, sucio y malsano; un demiurgo eyaculando, a través del espacio, paraísos y letrinas; cosmogonía de delirium tremens; apoteosis convulsiva en que la hiel corona a los elementos… Las criaturas se lanzan hacia un arquetipo de fealdad y suspiran por un ideal de deformidad… Universo de la mueca, júbilo del topo, de la hiena y del piojo…


No más horizontes, salvo para los monstruos y la tiña. Todo se encamina hacia lo repulsivo y gangrenoso: este globo que supura mientras que los vivientes muestran sus llagas bajo los rayos del chancro luminoso…

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