Crónicas Pachecas

La suerte estaba echada

«En una sesión de Blues quisiera tocar con todos los muertos de la aguja, del alcohol y del amor… estar en el limbo así, perdiendo mi tiempo. Sin los zapatos, sin la camisa, con el puro espíritu… En una sesión de Blues quisiera tocar con todos los muertos del corazón, de corazón. No dejarme llevar más que por el viento de mi alma…»

Real de Catorce, No soy el hombre de tu vida

Por: * Beth Pach

Indiscutiblemente, era ella. No tenía dudas: los ojos tristes y el aura del sinsentido que la envolvía, selló el pacto entre las partes. 

Violeta, tenía algunas semanas de haber llegado al pueblo, por una oportunidad de trabajo que le había surgido, dadas las épocas de carestía que había vivido, no se podía dar el lujo de rechazar la oferta. Era temporal, mientras lograba ahorrar para irse a estudiar la maestría a la meritita capital. O, por lo menos, eso había dicho a ritmo arrogante a los compañeros de la oficina. 

Desde que la escuché, con voz floja, nasal y conversación monosilábica, al otro lado de la pared, me levanté, buscando el origen del sonido articulado que producía desde la faringe, tan particularmente agudo. De pronto, se apersonó, recargada en el delirio, sin esperarlo, me sentí desprovistamente con atracción hacia ella. 

La encuentro fútil, sin luz ni oscuridad, pero me gusta, me poso en su boca, boca ráfaga que se llena de la nada, boca cereza, boca manzana, boca esdrújula, boca tuya, con la mía: sucumbo en la insensatez. Sus labios escarlatas sellan mi destino.

El destino tiene la intención que nos veamos pronto, o por lo menos eso es lo que me esfuerzo en suponer, en otro contexto, en otra situación, donde la burocracia de la oficina no impere, así que decido hacerle un guiño de intervención a la vida misma.

Le hago una llamaba de invitación a una reunión ya entrada la noche, era de último momento, convenientemente, pero no tenía mejor plan, lo sabía; acostumbraba a asesinar las horas deambulando por las calles en las tardes, al parecer, para no hacer su estadía tan agónica en ese lugar infernal, eso la escuché decir en alguna llamada telefónica. 

A los lejos, en la penumbra de la noche la observo, parece desganada por el tedio del entorno, se dirige a la calle y comienza a caminar, su paso es lento, buscando desaforadamente mejor cosa que realizar, pero, su agobio verdadero, parece ser la incertidumbre de no saber a dónde ir o a donde no regresar. Pero el sinsentido de la vida y la noche son así: contingentes, absurdos e inexplicables. 

Con un pie tras otro pie se conduce al lugar, sus botas vaqueras se escuchaban rozar con las piedras de la calle; decido no alcanzarla, la acecho entre las sombras para admirarla de lejos, rosaba casi la mediana edad, de verdad es pequeña, y en esa pequeña conformación blanquecina, se sincretiza la sensualidad y el recato. Mientras avanzo en la penumbra, imaginó su historia, planeo tácticas y estrategia de conquista. 

A lo lejos, el alboroto rompe el silencio sepulcral del poblado; llega, desnuda de confianza se sumerge, entra a la vecindad, espero a que ingrese. 

Juventud, destilado barato y la música invaden el espacio; es un asalto de confianza, finjo notarle, aunque el corazón palpita con inusual rapidez, me acerco y celebro su presencia. Ensimismada y con un aire de desprecio al lugar y a las personas, recorre con la mirada el territorio al que ha sido requerida. 

Le ofrecen una bebida de la amarga, acepta un mezcal del minero que era el único que circulaba por esos lares, parece que le raspa la garganta como aguardiente infernal, pero ya está ahí y se comienza a relajar. 

En mi imaginario, vislumbro que tomará otro par de tragos antes de irse a dormir, el ambiente es por demás elemental, para alguien tan presuntuosa que se las ha dado de intelectual, y quizá en este momento el destino tenga que intervenir y nos acompañemos en la retirada. 

Algunos participantes de la improvisada reunión se le acercan para intercambiar insulsas conversaciones; de pronto, se escucha el Blues del atajo, en el acto, una chica se posicionaba en el centro y comienza a moverse sensualmente al ritmo de la música, los tragos comenzaron a pasarse, uno tras otro, y ya envalentonada acompaña a la mujer. Entre sonrisas cómplices alborotan sus cabellos, y contonean sus formados cuerpos. Me retraigo al fondo, para no perder detalle: la encuentro deliciosamente torpe. 

Comienza a desinhibirse, su cuerpo lo refleja, se aparta del centro del lugar y solicita agua, la envían a la cocina improvisada del cuartucho estudiantil, sus ojos emprenden la búsqueda y se posicionan en la cama, que para tales horas sirve de silla. 

Sentado al filo del lecho, cabizbajo, escondido en silencio se encuentra Filomeno. Tipo por demás simplón, inexpresivo en su estar, yerto en la nada del presente y transmite el sinsentido absoluto. Se queda absorto observando cada movimiento que realiza, que en realidad son pocos, de pronto levanta la mirada con cautela, la descubre y le dice:

–          – ¡Hey tú, hechiza! Te he observado desde hace un mes, eres nueva por aquí.

Entre la luz raquítica y la banda blusera que amenizaba desde una sinfonola automatizada, este hombrecillo parecía haber develado de raíz sus más profundas inseguridades.

Desde su llegada, es la primera vez que observo a Violeta desconcertada, revira a otro lugar, parece ofendida, pero se acerca al simplón, con paso resuelto pero lenta al caminar, le pide una explicación, pero Filomeno dado el estado de ebriedad y el lugar, esta petición es por demás ingenua y por lo tanto innecesaria, es evidente.

Algo no anda bien, lo percibo como el pretexto exacto para un intercambio de palabras. Él con una sonrisa maliciosa e infinitamente triste, se levanta y así de pie, ya no le resultaba un patético borracho, sino en una figura de autoridad, lo leo en su mirada.

La transformación la hizo titubear, lo pensó dos veces y quiso emprender la huida, pero ya era tarde, él la había tomado del brazo, sin agresión pero con contundencia, la atrajo hacia sí y comenzó a cantar:

«Estás sola en tu jaula soledad, está sola, estás sola, estás sola, estás sola en tu jaula, Soledad» 

A la par que se movía despacio y torpemente por el licor consumido.

No estaba sola, parecía más bien desolada, no sabiendo como lidiar con el sentimiento de abandono que le embargaba, y que era el causante de estar justo ahí, queriendo distraer el vacío con el mayor ruido que pudiese existir detrás de esas montañas. 

Filomeno parecía hacerla sentir descubierta y vulnerable: devuelta a la tierra de los nada como la más pura de los nadie; desnuda, pese a las capas de ropa que se ponía para demostrar superioridad; frente a él se mostraba indefensa.

Mis sentimientos arremolinados en el pecho se convertían en nausea, un espiral de sinsentido me invade.

De pronto, la construcción imaginaria de hombre, en cuestión de segundos se transforma y vuelve a convertirse en el guiñapo humano que Violeta había visto desde principio.

Lo noto, me miento, en el acto me inmolo y me explico que este encuentro entre las partes tiene un gran fallo de origen: que es con la persona equivocada.

Las señales son claras, su humanidad parece ponerla en estado de alerta, da dos pasos atrás para evitar el encuentro con el ruido del vacío que expone su alma; en el acto se dirige a la puerta, es momento de emprender la huida, huir de todos, pero sobre todo de ella misma y del espejo que le resulta el guiñapo-hombre.

Me adelanto y posiciono en la penumbra; con dificultad, pese a lo pequeño del espacio, atraviesa la diminuta pieza con dificultad para llegar a la puerta que la dirigiría a la salida, pero justo en el corredor oscuro, entre los pilares, la aguardo fumando al ritmo de “Beso de ginebra” que se escuchaba al fondo de la vivienda.

Con desparpajo y lentitud, me quitó el cigarro de la boca, después de una gran inhalada, musitó «no lo dejes a entrar a tu vida, es un perro de traspatio» aturdida y sin comprender, esboza una sonrisa fingida y con desgano, intenta seguir; pero de la puerta del cuartucho que protegía a los enfiestados, escucha decir:

–          – Te preparo un té o te sirvo más, te vas a quedar o saldrás al frío sin hablar.

Estas construcciones sintácticas plagiadas, pero convenientes, cambian el rictus de su cara; helaron mi sangre, y con plena conveniencia sé que debe seguir su camino para poder acompañarla; pero no lo hizo, se quedó, giró con lentitud, mientras lo hacía, observo como Filomeno pasaba por el marco de esa puerta desgastada, con la mirada baja, al levantar la faz vislumbro que lleva un cigarrillo en la boca e inhalaba y exhalaba el humo con parsimonia.  

Lo descubro con una vitalidad curiosa, agresiva, egocéntrica, pero sobre todo irreverente, que sólo puede ser explicada con la gramática de una juventud recién iniciada. Filomeno planta la mirada sobre ella y la atrae hacia él con su presencia; como autónoma Violeta fue directamente hacia el emisor. Logra articular palabras para romper el sortilegio, emitiendo con cara de asombro fingido: 

–          ¿Con esta hechiza quieres hablar?

Filomeno baja la mirada y sonríe con desencajo, la toma por la muñeca de su frágil brazo y la lleva hacia adentro.

Tres de la mañana, el mezcal hacía sus efectos en el selecto grupo juvenil y en alguno que otro infiltrado. El Blues del sinsentido sonaba a todo lo que daba y en el centro de este cuartucho improvisado de sala de fiesta, un par de humanos, discordantes visualmente, hablaban de manera acalorada; el emisor se convertía en receptor y el receptor en emisor de manera vertiginosa, no se escuchaba el mensaje, solo los ademanes alborotados que cambiaban de Filomeno a Violeta de Violeta a Filomeno.

Había lapsos de tregua que aprovechaban para empinarse el alcohol que aún circulaba; decadencia y deseo se percibía a tales horas de la madrugada.

El blues comienza a descender, el anfitrión los mira molesto, pero no se atreve a despedirlos. Los dos se mueven torpemente al ritmo de José Cruz, sus manos se rosan sólo por accidente, pero no se atreven a nada más. Redescubro una boca impúdica, boca suicida, boca poética, pero sobre todo una boca desprovista de la mía.

Cuatro de la madrugada, un fulgor de juicio parece invadirles y comienzan a caminar hacia la salida de la vivienda y solo se logra escuchar – qué has visto de ti en mí que te incomoda ver – decía Violeta, Filomeno repetía: – que has visto de ti en mí que te incomoda ver-. Los dos reían.

La suerte estaba echada

Al otro día, Violeta estaba sentada en la oficina, tomaba sorbo a sorbo café, despacio, tratando de aliviar la reseca. Alguien toca la puerta, no se toma la molestia en responder, la puerta comienza a girar, sin contrariedad sigue con el café no prestando atención. De pronto escucha una voz conocida que le dice: – ¿qué día es hoy? Ando sordo, mudo y triste. Recordando… tu luz.

En este pueblo, que le parecía infernal, caminan cada tarde, los dos tan disparejos, tan desencajados, Filomeno sin garbo, ella con desparpajo.

Los observo a lo lejos mientras tarareo:

“… soy cliente de la angustia, tengo miedo de que seas feliz. Si en el cielo estaba escrito el destino me engañó”

Los sigo con la mirada, esperaré, como centinela implacable en esta tierra de la nada.

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*Beth Pach, participó en el taller de crónica que convocó: Ojos Rojos Producciones & Crónicas Pachecas, este es su trabajo.

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Sup Tupa

Soy creyente de Dios y el Chamuco, fan de los ovnis, de la literatura mamila y los tacos de suadero. Mis opiniones suelen ser tan irrelevantes que nadie las reivindica. Las malas lenguas dicen que fui a la escuela pero lo niego rotundamente.

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